Hoy nos rebuscamos en la mitología del ciclismo, en esos grandes héroes y pioneros de principios del siglo XX. ¿Conocéis la legendaria historia del la forja de Eugène Christophe?

 

Quizás muchos de vosotros no estaréis familiarizados con esta intrahistoria que ocurrió en el Tour de Francia de 1913. Por entonces, Eugène Christophe ya había dado la talla en la durísima ronda francesa, era uno de los grandes favoritos y parecía que ese año iba por fin a conquistar la “grande bucle”. Mediada la carrera ya había ganado tres etapas, incluyendo la gesta de conseguir la victoria con más kilómetros recorridos en solitario: ¡315 kilómetros!

Y es que así eran aquellos Tours, etapas de más de 300 kilómetros por carreteras apenas asfaltadas, horarios de salida antes del amanecer y jornadas sobre la bici de más de 10 o 12 horas. Pero, además de estas circunstancias, había una norma que los organizadores hacían cumplir a rajatabla en aquellas carreras “forjadoras de hombres duros y valientes”: estaba prohibida la asistencia; ni coches de equipo, ni aguadores, ni asistentes en las cunetas… El ciclista era un deportista en solitario, un superviviente, y ni siquiera podía deshacerse del equipaje con el que partía a medida que avanzaba la etapa ciclista.

Imaginad esta situación en la jornada pirenaica de más de 300 kilómetros entre Bayona y Luchon. Los ciclistas partían a las 3h de la madrugada y ante ellos, con esas bicis que pesarían cerca de 20 kg y cargados con ropa de abrigo y recambios, las temibles ascensiones a los puertos del Osquich, Aubisque, Soulor, Tourmalet, Aspin y Peyressourde. Subidas a superar con un único cambio de desarrollo, el que se accionaba bajando de la bici y girando la rueda para poner “la marcha de subir”.

Christophe iba segundo en la general apenas a 4’del líder, el belga Odile Defraye. El francés, que corría para el equipo Peugeot, lanzó un ataque y se fue en solitario en la subida al Tourmalet, probablemente combinado el pedaleo con tramos corriendo. En la cima del coloso, Cristophe ya lideraba la etapa con solvencia. Pero en el descenso se torció su suerte…

eugène christophe

A unos 10 kilómetros de acabar la bajada rompió la horquilla de su bicicleta. Los rivales le empiezan a adelantar. Recordemos que la asistencia mecánica está prohibida. No hay asistentes ni coches de equipo ni neutros para ayudar. El Tour de Francia es una aventura en solitario. Y Eugène Christophe iba a conocer en sus carnes lo que realmente significaba esa norma…

Primero tuvo que recorrer esos 10 kilómetros de bajada a pie, empujando su bici con la horquilla rota. Al llegar a Sante Marie de Campan buscó al herrero del pueblo, el señor Lecomte, y le pidió ayuda para reparar su bicicleta. Cuando se iban a poner a ello, llegó uno de los comisarios de carrera y le advirtió que nadie podía reparar la bicicleta por el corredor, que debía ser el propio Christophe quien debía hacerlo, personalmente.

Así que el ciclista se puso manos a la obra siguiendo las indicaciones del herrero y con la ayuda de Corni, un niño de siete años que se encargó de accionar el fuelle de la forja. Tres horas tardó Christophe en reparar su bicicleta. Además, la ayuda de Corni supuso una sanción extra de 3 minutos. El ciclista llenó sus bolsillos de pan y se puso en marcha. Enfilando la carretera de inicio al puerto del Aspin. Finalmente sería el 7º clasificado en la general del Tour de 1913.

Cristophe aún protagonizó un episodio para estar en la Historia del Ciclismo con mayúsculas de La Ronda francesa, ya que en 1919 fue el primer ciclista en portar el maillot amarillo que distinguía al líder de la general.

En el edificio que alojó aquella vieja forja de Sante Marie de Campan hay una placa que rememora este famoso episodio de la carrera francesa. Uno de esos lugares que forjaron, nunca mejor dicho, la dimensión legendaria del Tour de France.


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Una respuesta a “La forja de Monsieur Eugène Christophe

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