Una de las incoherencias más notables que se dan entre los aficionados al ciclismo no profesional es el del término con el que nos referimos a ellos. En España, la palabra más empelada es la de “cicloturistas”. Una palabra equívoca porque su literalidad no corresponde con la realidad. La mayoría de los practicantes del deporte de las dos ruedas no hacen turismo en bicicleta, que sería la consecuencia lógica de aplicarles ese término. Pese a esta obviedad, en nuestro país se usa esta palabra para definir prácticamente todo aquello que tiene que ver con el ciclismo no profesional o de competición. Hablamos de marchas cicloturistas, de bicis cicloturistas, de aficionados cicloturistas… Es curioso también comprobar que por norma general estos adjetivos se aplican al ciclismo de carretera –una prueba de mtb no se denomina “marcha cicloturista”, mientras que para el ciclismo de montaña se usa muchas veces el anglicismo “biker”.

Es complicado averiguar el por qué de este desajuste entre el significado y su significante. Si vamos a la raíz de la palabra no debería haber dudas, “cicloturista” tendría que aplicarse a aquel ciclista que hace turismo en bici, aquel que se desplaza de un lugar a otro sin prisas y sin ningún afán competitivo, únicamente por el placer de disfrutar de su tiempo y del recorrido. Sin embargo, como decíamos, en España esa palabra se aplica a personas que, en muchos casos, entrenan varios días por semana, planifican su temporada en función de unos picos de forma, se marcan objetivos deportivos concretos y que en esas marchas “cicloturistas” van todo lo rápido que pueden…

En otros países, como Francia, no existe esta confusión. Ellos diferencian perfectamente entre el ciclodeportista (ciclosportif) y el cicloturista (randonneur). Tal es así que incluso tienen federaciones diferentes para cada uno de estos perfiles bien diferenciados (Fédération Française de Cyclisme y Fédération Française de Cyclotourisme). De hecho, el equivalente en Francia de la mayoría de pruebas que nosotros llamamos cicloturistas son sus pruebas ciclodeportivas. Quizás la diferencia más importante a nivel organizativo y administrativo es que en el país vecino, para participar en estas pruebas y para tener la licencia federativa correspondiente es necesario pasar una prueba médica. En España, este control médico sólo se exige a quienes quieran licencias de competición, bien sea profesional o en las múltiples categorías máster, élite, etc.

En el caso de Italia, también hay una distinción entre lo que llaman “cicloturismo” (ocio, turismo en bici) y el “ciclismo amatoriale”. Este último, cuyo practicante sería el “cicloamatore”; un término también muy ambiguo y que no refleja el énfasis deportivo y altamente competitivo que tienen las pruebas ciclistas italiana, donde hasta hace poco se daban premios en metálico a los ganadores de las marchas.

Otra diferenciación con respecto a España, es que en Italia se denomina “gran fondo” a la mayoría de pruebas ciclistas en las que el único requisito para participar es el de pagar la inscripción. Se trata de un término que está haciendo fortuna últimamente a nivel internacional. Muchas pruebas ciclistas en España están tomando este calificativo que ha servido para desterrar en parte el término “cicloturista” de los carteles y webs oficiales. También la industria de la bicicleta está empleando el término “granfondo” para etiquetar a sus modelos de bicis pensados para el usuario común, aquel que no necesita de una bici para competir. Es sabido que, sobre todo en España, había mucha reticencia para usar la palabra cicloturista para encasillar este tipo de bicicletas, ya que se consideraba que minusvaloraba el potencial de las mismas.


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